28.3.16

Ashes and Stone | Capítulo 1.

CAPÍTULO 1 
Si hubiera tenido cuerpo habría estirado su espalda hasta hacerla crujir. Habría levantado sus manos hacia el cielo para sentirse libre. Habría estirado sus piernas hasta dejar de sentirlas entumecidas y después habría tomado una profunda respiración. 
Pero no tenía cuerpo. 
Llevaba años, décadas, siglos, dormido y en aquellos momentos no era nada. Era poco más que una mera idea, menos que un sentimiento o que el lloro de un niño. Le habría gustado volver a sentir sus dedos moverse al son de una canción golpeando el tablero de una mesa. Sentir con plenitud este mundo, como lo hico en épocas pasadas. 
Era el mismo mundo, sí, pero algo había cambiado. 
Recordaba respirar y llenarse los pulmones de energía. Esa naturaleza estuvo viva en tiempos pasados. Ahora no podía oler nada. Incluso él sentía esa falta. Se sentía fatigado y cansado, entumecido. No era más que una experiencia metafísica, más allá de un cuerpo. Se sentía vaporoso, lleno de agujeros, no más que una niebla casi imperceptible. 
Tardó unos días en ganar consistencia. Le costaba. Al principio se sentía como un niño febril que se cansaba cuando hacía el mínimo esfuerzo. Más tarde ya se encontraba con energías pero le faltaba algo, seguía sin estar incompleto. 
Entonces lo notó. Unas palpitaciones lentas que le llegaban desde un sitio de aquel mundo. Le hacían vibrar, recorrían todo su ser y le llenaban de energía. 
Se puso a buscar la fuente. 
Al principio se encontraba perdido. Se sentía omnipotente. Podía recorrer toda la superficie de aquella existencia pero no encontraba el objeto que palpitaba por ningún lado. Pero se le olvidó mirar en un único lugar. Se concentró en ese único lugar y ahí estaba. 
Si hubiera tenido cuerpo habría estirado el dedo para tocarla. La piedra oscura comenzó a brillar. 
  
*** 
Cuando los primeros rayos de sol despertaban a los aldeanos y los hacía levantarse de sus camas ella ya estaba despierta. En lo alto de la colina hacía estiramientos de relajación para comenzar el día. Movía sus pies perfectamente coordinados y sus manos cortaban el aire grácilmente. Su melena rubia en corte recto se movía al compás de sus movimientos. A pesar de tener los ojos cerrados sabía que un mensajero de la corte se encontraba tras suya. 
—Disculpe, señora Chaennel. —su voz sonaba temblorosa. Al acabar la frase, el mensajero agachó la cabeza mirando sus pies. 
Calena  giró todo su cuerpo en su dirección y le apuntó con la punta de la espada en la garganta. El mensajero tragó saliva y le empezaron a sudar las manos. Inmediatamente, Calena enfundó la espada y se apartó el pelo de la cara. 
—Dime, ¿qué desea la reina? 
Comenzó a andar en dirección a su casa, el edificio que se encontraba en la cima de la colina. El mensajero comenzó a andar tras suya para informarla de las nuevas noticiasCalena esperaba que aquel hombre diera vueltas en contarle la noticia como hacían siempre, esperando que si eran demasiado bruscos o directos con ella se enfadarían. La verdad era que esos rodeos le irritaban más, pero había aprendido a no mostrar ni un ápice de alteración. Ese día, en cambio, la noticia fue directa y breve, no más de seis palabras. 
—La reina Shai desea verla inmediatamente. 
Calena se quedó parada con la palma de su mano a punto de tocar el picaporte de la puerta. A pesar de estar a su servicio y haber recibido varias notificaciones nunca se notaba tanta exigencia y desesperación de la reina. Calena sabía que había un trasfondo en el mensaje. Unas palabras no escritas para que ni siquiera el mensajero, una persona de relativa confianza, se enterara. Calena arrebató el trozo de papel de las manos del mensajero. Le dio una moneda de plata. Así, se la gastaría en las tabernas del lugar y no recordaría aquel mensaje urgente. Así no haría preguntas y no se extendería ningún rumor. 
Volvió a agarrar el picaporte y entró dentro de la casa. Hasta que se acostumbró al cambio de luz no pudo ver nada. Las sombras se fueron aclarando y dejaron ver la estancia. Los pasos resonaron entre las paredes de piedra. A la izquierda tenía la cocina. Pequeña, con un par de armarios y lo suficiente para una persona sola. Abrió la despensa y metió en una pequeña bolsa lo necesario: agua, queso y cecina. No tenía mucho. Hacía tiempo que no la requerían y no realizaba un viaje tan largo. El resto de los días iba sobreviviendo. Decidió pasar por el mercado antes de marcharse para comprar pan y cosas que podría ser de utilidad. 
Preparó la bolsa y ensilló  su caballo. Antes de marcharse se paró en lo alto de la colina para observar el pueblo a sus pies. Con una rígida orden el caballo emprendió el camino de descenso. Mientras bajaba por el caminó disfrutó del silencio y la tranquilidad que se respiraba. Disfrutó del sonido de las espuelas de su caballo sobre la tierra y del canto de los pájaros. Por esa zona no había nadie, pero a medida que se acercaba al pueblo y casas solitarias iban apareciendo cada vez se encontraba con más gente. 
Cuando el flujo de gente comenzó a ser más abundante y se oían rumores procedentes de la aldea, Calena ocultó su rostro y su pelo, su rasgo más destacable, en un gorro. Se recogió el pelo rubio, liso, recto y largo en una trenza que después recogió en un moño. Se llevó las manos a su espalda para coger el gorro que llevaba su ropa de abrigo. Se lo llevó hasta la frente, de forma que le ocultaba parte del rostro. Así pasaría desapercibida. 
Cuanto más se acercaba a la entrada del pueblo podía distinguir más olores. Captaba olor a flores, especias, comida, pero sobretodo podía oler el aroma tan característico de los humanos. 
El mercado, como siempre, estaba abarrotado. La gente movía mucho las manos y los brazos para hacer énfasis en el regateo. Algunos, sintiéndose estafados, se marchaban echando blasfemias contra el vendedor, impasivo. Otros, alegres con su oferta, se marchaban sintiendo que habían obtenido el pan del día por un precio ridículo. 
Ir con el rostro tapado tenía cosas buenas y malas. Nadie te reconocía al no verte la cara. Por el otro lado, ver a una persona querer ocultarse aumenta la curiosidad de la gente. Normalmente la gente estaba demasiado ocupada en su vida o demasiado metida en el ajetreo del mercado.  
Pero no siempre era así. 
Calena jugaba con un cuchillo entre sus manos. La hoja afilada bailaba y se deslizaba entre sus dedos sin ningún corte. Lo dejó reposar en su palma, que movió arriba y abajo para sentir el peso de la herramienta. No era de las mejores. No estaba forjada en las llamas del Reino de Fuego  pero le servía igualmente. Decidió que no iba a encontrar nada mejor en un mercadillo de un pueblo perdido en la linde del bosque, donde sólo llega un camino. Metió su mano en la bolsa donde guardaba las monedas. Sacó una moneda de plata sin mirar el contenido de la bolsa. Cuando levantó la vista para realizar el pago el tendedero la estaba mirando. Su cara redonda, morena por el trabajo al sol, estaba dirigida hacia ella. Sus ojos saltones no apartaban la vista. Calena supo que la había reconocido. Tiró la moneda de plata bruscamente sobre el tablero de madera que hacía las veces de mesa. A pesar del ruido repentino, el hombre no desvió la mirada de Calena. 
—Puedes quedarte el cambio. 
Con un ágil salto, Calena se subió a la montura del caballo y salió huyendo del pueblo. No le hizo falta girarse para saber que se había formado un corro alrededor del hombre y que estaban hablando de ella. 
*** 
Galopó hasta que el Sol comenzó a ocultarse tras las sombras de los árboles. El viaje a la capital de EldurFlare, no duraba poco más que medio día. El pequeño pueblo donde vivía se encontraba al sur de la ciudad y al norte del Bosque. Que estuviera en la linde de ese lugar explicaba su pequeña población a pesar de estar a tan pocas horas a caballo de la capital. La gente era supersticiosa y prefería no acercarse a ese tipo de lugar. Antaño fue la cuna de la civilización, donde razas vivían sin tener miedo unas a otras. Ahora esa convivencia se perdió, junto a la magia, y se convirtió en miedo irracional. 
El camino hacia Flare era recto, relativamente seguro y con arbustos a ambos lados. En algunos trozos del camino los arbustos daban paso a árboles donde poder para y descansar. Cuando empezó a caer el Sol Calena paró en el primer grupo de árboles junto a un riachuelo para que el caballo pudiera beber agua. Ató a su montura en uno de los árboles más cercanos al agua y puso una manzana junto a él que el caballo agradeció. Ella dejó sus cosas al pie de un árbol y agitó sus piernas para estirarlas después del viaje. 
Debido al barullo que se había formado cuando dejó el pueblo decidió no encender ninguna hoguera. La noche sería fría y no tendría lugar donde calentarse. La otra opción era peor. El fuego llamaría la atención desde lejos en el camino y cualquier indeseado podría acercarse. Como siempre, Calena decidió pasar desapercibida. 
Sacó otra manzana de su bolsa y comenzó a comérsela con mordiscos lentos mientras repasaba el día. La reina Shai le enviaba un mensaje con urgencia, probablemente enviado la noche pasada. El mensajero vino sudado, con ojeras y pálido, como si hubiera estado galopando durante toda la noche sin descanso. Calena sacó el pequeño trozo de papel del bolsillo. Estaba muy arrugado con esquinas dobladas, pero se podía leer sin problemas lo que estaba escrito en él: 
Urgente. Reunión de consejeros mañana al mediodía. Acude. 
No estaba firmado. De esa manera, si el papel se perdía o lo leía alguna otra persona, no se sabría sobre qué trataba 
No hacían falta más palabras.  
La vida de Calena era sencilla. Intentaba vivir alejada y depender lo menos posibles de algún núcleo de población para no llamar la atención. Su trabajo como Guardiana era tranquilo y no se requería de sus servicios. Una vez al año viajaba a cada palacio de cada reino para comprobar las piedras. Eventualmente su atención era requerida cuando se sospechaba de algún asunto mágico, rápidamente desmentido por ella. Su estrecha relación con la magia repelía a los habitantes del continente. 
No era querida en ningún lugar y su gente tampoco. 
La gente normal simplemente estaba asustada ante la vuelta de la magia. Asustados de que los cuentos más oscuros se convirtieran en realidad. La magia no estaba bien vista. Pero otros llevaban el temor un paso más lejos, al odio. Perseguían falsas ilusiones, condenaban cualquier atisbo de magia y persona relacionada con ella. Perseguían, mataban y no descansaban. 
Cuando terminó de comerse la manzana, tiró el corazón al suelo. Se levantó y se sacudió la hierba de los pantalones. Estiró un brazo y se colgó de una rama. Como no se rompió ni crujió, Calena considero que las ramas del árbol eran lo bastante fuertes como para dormir en ellas.  
No supo cuánto durmió hasta que oyó las voces. Todavía no era noche cerrada pero las estrellas comenzaban a ser visibles. Permaneció quieta, agudizando su oído para oír los pasos. Escuchaba tres pisadas diferentes, tres hombres. Sus pisadas no eran seguras, avanzaban lentos e indecisos. Estaban buscando algo. O a alguien. 
Lo primero que pensó fue en quedarse en la rama escondida. Ella podría permanecer oculta, pero el caballo que reposaba en el suelo no. 
Los hombres estaban cada vez más cerca, Calena podía distinguir sus voces. 
—Mirad, allí hay un caballo. 
—¿Estáis seguros de que es el suyo? 
—¿Quién más podría estar en el bosque a estas horas solo? 
Ahora que los tenía justo debajo, podía verles. Los tres hombres llevaban la cabeza rapada con una línea, una cicatriz, a un lado del cráneo. No eran hombres corpulentos, pero tampoco parecían demasiado delgados. Calena debía pensar deprisa cuando todavía conservaba la ventaja de la sorpresa. Con una mano y silenciosamente, sacó el cuchillo que compró en el mercado y desenvainó su espada. Se puso de cuclillas en la rama, que se sacudió haciendo que cayeran un par de hojas. 
Antes de que los hombres miraran hacia arriba Calena ya estaba encima suya. A los dos primeros los acuchilló en la caída, haciendo que sus cuerpos cayeran hacia su compañero. El tercer hombre no se asustó ni salió corriendo, sino que se aferró al puñal que tenía en su mano derecha hasta que sus nudillos perdieron el color. Él se abalanzó con rabia, haciéndole un corte en la mejilla. Aprovechando el impulso del hombre hacia delante, ella dio un paso hacia atrás para colocarse en su espalda. Acto seguido le dio un codazo entre los omóplatos que hizo que su contrincante cayera al suelo. Para evitar que se moviera, sujetó sus brazos y puso el cuchillo en su cuello. 
—¿Qué queréis? —dijo furiosa, apretando el cuchillo más contra la piel del hombre hasta que salió un hilillo de sangre. 
—El Gremio sabe cosas, tiene preguntas y quiere respuestas. Y tú, niña, estás muy involucrada. Tienes la mierda metida hasta el suelo. —no titubeó. 
—Palabras equivocadas. 
Y ella tampoco dudó. Calena deslizó el cuchillo por el cuello del integrante del Gremio y abandonó su cuerpo junto al cadáver de sus compañeros. 
Decidió avanzar un poco más por la noche para alejarse de aquel lugar.




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