11.10.14

Día Uno

Día uno:
Ya es oficial, me he quedado sola. Sujeto la mano fría de mi madre por última vez. Sólo tengo un minuto antes de que se convierta en uno de ellos.
Todo se fue a la mierda tan rápido...Empezó como una simple gripe aislada en una zona del mundo. Ante nuestros ojos empezó a expandirse cada vez más y más, hasta que todos los continentes corrieron peligro. Daba igual lo aislado que vivieras, te podrías contagiar. La gente entró en pánico y se dejó de respetar las leyes de siempre para cumplir la ley del más fuerte. Entonces todo empeoró aun más: el virus mutó. Cualquier persona que moría revivía al cabo de un minuto.
Desde entonces todo se fue a la mierda aun más rápido. Sobrevivía con mi madre en casa, hasta que enfermó. Sin medicinas, lo único que podíamos hacer era esperar. Y ahora tengo que matarla. Me quedan quince segundos, le beso la frente ya fría. Cinco segundos y contemplo por última vez su rostro. Cojo el puñal, tres segundos. Levanto la mano con la que lo sujeto, dos segundos. Clavo el arma entre sus ojos hasta llegar al cerebro, cero segundos. Ya está.  He hecho lo que me pidió. Intento no llorar pero es imposible.
Cojo su cuerpo en brazos y bajo hasta el jardín. Lo apoyo sobre su manta preferida. Cojo una pala que tenía preparada y empiezo a cavar sin descansar hasta conseguir un hoyo lo suficientemente grande para poder enterrar a mi madre. Cubro su cuerpo con la manta y lo meto en la tumba. Después de tapar el cuerpo de mi madre con tierra, recojo un puñado de flores silvestres amarillas que crecen en el jardín y lo coloco sobre el montón de tierra. Decido grabar su nombre en un tablón de madera para que, si dentro de unos años la Tierra vuelve a ser lo que era, la gente que vuelva a pasar por aquí le ponga nombre a unas de los millones de víctimas.
Ahora que nada me ata a este lugar, ahora que estoy sola, es el momento de irme de esta ciudad a un pueblo más tranquilo donde posiblemente haya menos zombies. Recojo la poca comida que me queda en una mochila junto tres botellas llenas de agua y diferentes herramientas que me sirven de armas. Como siempre, llevo mi puñal atado a la cintura para tenerlo siempre cerca y sentirme segura.
Coloco mi mano sobre el picaporte de la puerta. La mano tiembla reflejando lo que siento: no quiero salir. A pesar de todo, abro la puerta y veo los coches rotos de la calle, los papeles por el suelo y sobre todo noto la soledad. Me dirijo hacia el norte, lugar que antes de esta era estaba menos deshabitado, esperando menos peligros. Pero es un viaje duro, largo y no sé lo que me encontraré.
Ando dos horas sin parar y aun no he salido de los límites de esta inmensa ciudad. Estoy en el centro, donde las calles son más estrechas y no sé lo que se oculta a la vuelta de la esquina.
Oigo voces, risas. Son sonidos de un hombre adulto, una voz grave que cala en mis huesos y hace que me estremezca. El sonido rebota entre los edificios y no sé por qué calle viene. Giro en la esquina errónea y veo un grupo de adultos como supuse que se ríen y llevan varias cabezas de zombies y humanos colgadas de sus cinturones. Se me escapa un pequeño grito y sus ojos se fijan en mí. Empiezo a correr, intentando huir pero sus piernas son más largas que las mías y acaban alcanzándome.
- Por favor, no. -suplico, pero es en vano.
Noto metal frío que se hunde en mi hombro izquierdo. El dolor me deja paralizada y sólo un pensamiento recorre mi mente: "Me reúno contigo, mamá."

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